Rayos y Saetas

1464610832571-2-_rayos_y_saetas.jpg

Tan pronto rebasan las fastidiosas nubes plúmbeas de la atmósfera, es posible percibir de repente la luz refulgente de los rayos a zigzaguear serpenteantes por los cielos como víboras venidas del Edén.

Desgajan incontinenti como si de hoja de papel estraza se tratase, la gaza de un denso cielo velado y llorón, para luego alcanzar vertiginosamente su destino antes que mil trompetas aladas festejen su llegada con un rugido del infierno. Entonces el estruendo nos sacudirá de la cabeza a los pies.  

Diferente a la rimbombante actitud de estos, a partir una lejana estrella del firmamento, tenemos la objetividad de un silencioso querubín alado que luego de extender su arco y hacer mira antes de lanzar la saeta del amor, la largará atravesando fugaz un cielo de tinte añil.

Conmoción sería por cierto la palabra correcta para lo que ocurre con esos puntiagudos y certeros dardos. Uno en la imaginación, el otro en el corazón, ya que rayos o saetas nos atrapan por igual entre fragor y confusión. Por eso es dable afirmar que si esos dos lanzados nos alcanzan, seguramente nos quemarán en vida. Uno por fuera, otro por dentro.

Es consabido que los rayos suelen tener vida efímera y mueren en nuestra mente escasos segundos después de su inaudito estrépito. Pero las saetas no. La vibración que estas causan puede durar eternamente, ya que el poderoso soporífero de afecto que contienen en su punta, suele ser perito en tomar cuenta de las alucinaciones del más inocente de los humanos.

Un sedante que embriaga de inicio el corazón y luego endilga la mente, el alma y los sentidos, haciendo que el febril apasionado ya no sienta más el suelo bajo sus pies.

¿Acaso podrá ese ser enclenque de amor oponerse a las inexorables severidades de la vida?

|

Comentarios

Comentarios de este artículo en RSS

Comentarios recientes

Cerrar